
El vino nace aquí
Vía Arxéntea
Tradición familiar con alma propia
Terruño único en el valle de Monterrei
Elaboración artesanal

V ía Arxéntea nació en 2007 en Vilaza (Monterrei), el pueblo donde Manuel Guerra aprendió a leer la viña antes de aprender a escribir.
Fue su padre quien le enseñó que el vino no se hace solo en la bodega, sino en cada poda, en cada brote, en cada vendimia celebrada como una fiesta alrededor del lagar. De aquel legado familiar brotó una bodega con nombre propio y vocación de permanencia.
Hoy, aquella herencia se traduce en una filosofía clara: hacer poco, pero hacerlo bien. Producciones pequeñas, atención máxima al detalle y el convencimiento de que un gran vino empieza mucho antes de que la uva entre en la bodega. Cada botella de Vía Arxéntea es el resultado de un año entero de trabajo silencioso sobre la tierra.
El valle de Monterrei guarda uno de los secretos mejor guardados de la viticultura gallega. Protegido por montañas y bañado por un microclima mediterráneo-continental de influencia atlántica, este rincón del sur de Galicia ofrece veranos cálidos, inviernos fríos y, sobre todo, unas oscilaciones térmicas entre el día y la noche que pueden alcanzar los 30 °C durante la maduración de la uva. Esa amplitud térmica es la que imprime tensión, complejidad y personalidad a los vinos de la DO Monterrei.
Los viñedos de Vía Arxéntea se extienden hoy sobre seis hectáreas de suelos arcillo-arenosos enriquecidos con esquistos y granito. Una tierra viva, con carácter, que se expresa de forma diferente en cada cosecha y que convierte cada botella en un reflejo fiel del lugar donde nació.
En Vía Arxéntea, elaborar vino es un ejercicio de escucha. Cada variedad —godello, treixadura, albariño, loureira— tiene su propio ritmo de maduración, y cada una merece ser trabajada en su momento justo, por separado, sin prisas. El godello llega primero, y se macera con nieve carbónica a bajas temperaturas para preservar su delicadeza. El mosto trabaja luego con lías en dulce, un proceso que aporta untuosidad, volumen y esa textura grasa que hace que el vino se quede en el paladar.
Las variedades más terpénicas, como el albariño, la treixadura o la loureira, requieren maceraciones más largas para liberar todo su potencial aromático. El objetivo siempre es el mismo: que cada uva hable con su propia voz, y que el resultado final sea un vino donde el aroma varietal, la frescura y la complejidad convivan en perfecto equilibrio.

